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¿Por qué hoy todo el mundo habla de Gualtallary?

Ubicado en el valle de Uco, Mendoza, Gualtallary es una región que promete mucho y que está en boca de todos por sus Malbec. ¿Por qué?

Gualtallary

Gualtallary (se lee como se escribe, con acento en la y final), es un distrito político de Tupungato, un departamento de Mendoza y uno de los tres del valle de Uco, y también de una de las regiones de vino que a la fecha resulta más prometedores y enigmáticas. Razones no le faltan. ¿Por qué?

Gualtallary está ubicado en el oeste de la provincia y limita con Chile. Es uno de los puntos más elevados de la Argentina (entre otros, cobija al volcán Tupungato, con 6800 metros) y esa es una de las razones por las que hoy está en boca de todos los amantes del vino: la altura.

Cerezos en el pedemonte
A fines de 1980 la zona era un peladeral en el pedemonte mendocino, cuyo frontera humana terminaba en los mil metros, con los últimas fincas de Uco. Un paisaje típico que contaba con una curiosa disrupción: un monasterio perdido entre las cerrilladas a 1430 metros. Allí los monjes del Cristo Orante cultivaban, entre otros, unos lindos cerezos.

Pero esa apacible planicie se vio interrumpida en 1992 con el desarrollo del primer viñedo en la región. Plantado por Nicolás Catena, quien buscaba una zona fría en Mendoza para elaborar vinos de un nuevo perfil, las primeras hileras de lo que llegaría a ser el viñedo Adrianna lograron su primer verdor productivo en 1995. Según contara en su momento el propio Catena, el dato acerca del futuro lo habían aportado los cerezos. “Donde quiera que crezcan, la vid tiene una oportunidad”, había razonado.

Lo que sucedió fue casi mágico: como el vino resultante de ese viñedo extremo fue algo completamente nuevo en materia de Malbec, pronto otros productores plantaron ahí sus vides: Doña Paula, Ambrosía, Finca Ferrer, Rutini Wines, Andeluna, El Zoral, Huentala y así. Era la década de 1990 y la inversión en desarrollos fue intensa debido a que la tierra era accesible y el riego por goteo fue la herramienta de transformación.

En lo que son los 20 años que siguen a esas primeras elaboraciones Gualtallary pasó de ser un secreto a un secreto a voces. Hoy cuenta con 2250 hectáreas plantadas de las que la mitad son de Malbec (1120), y el resto se reparte principalmente entre Cabernet Sauvignon y Franc, Chardonnay y Pinot Noir.

Frío y no tan frío
El asunto con Gualtallary es que se trata de un distrito que arranca a los 1080 metros sobre el nivel del mar y termina, al menos desde el punto de vista vitícola, a unos 2200 y recorre un espacio de 30 kilómetros. En ese salto de poco más de mil metros lo que se registra es un descenso de la temperatura promedio entre esos extremos de casi 7º centígrados. Y ahí está buena parte de la magia.

Actualmente los viñedos trepan hasta los 1600, lo que equivale a generar al menos tres áreas de temperatura. En términos técnicos son zonas Winkler III, II y I, es decir, desde lo que podría ser San Patricio del Chañar a La Champagne. Martín Kaiser, agrónomo de Doña Paula y uno de los hombres claves detrás de la investigación de la zona, sostiene “que en esa variabilidad hay un potencial único”.

De modo que hoy Gualtallary es una usina de vinos atípicos y al mismo tiempo atractivos. Atípicos por las condiciones de temperatura, ya que los suelos son parecidos a los de otras regiones de Mendoza. Y atractivos, porque la acidez natural se acompaña de una madurez polifenólica –color y taninos– bien lograda.

En esa capacidad para ofrecer variabilidad está el punto fuerte. Tanto para vinos varietales como para blends, debido a la capacidad de madurar diversas uvas.

El talón de Gualtallary
Con todo, la región tiene un talón de Aquiles: la marca. Propiedad de un privado, a la fecha ninguna bodega puede emplear el denomintivo Gualtallary en la etiqueta. Es verdad, algunas lo hicieron y recibieron sus respectivas cartas documento. Mientras tanto, la aprobación de la Indicación Geográfica Gualtallary está frenada por el mismo asunto marcario que, dicho sea de paso, no tiene salida clara aún. A la espera de una solución al problema, los vinos hoy se comenzaron a etiquetar como Alto Tupungato o bien, como también hacen algunos productores, como Gualta a secas.

¿Qué vinos probar?
Buenos ejemplos al alcance del bolsillo para conocer son Acordeón Malbec (2015, $225), Malbec de Potrero (2016, $280), Hotel Malbec (2016, $200) Desquiciado Malbec (2015, $250), Pala Corazón Malbec (2016, $250) y Zorzal Terroir Único Malbec (2017, $250), Andeluna 1300 (2015, $245) y Sophenia Reserve Malbec (2016, $350). Todos ellos se apalancan en la frescura y el paladar de cuerpo medio como ecuación gustativa. ¿Un par en los que gastar un billete más? El Enemigo Cabernet Franc (2015, $485), Rutini Chardonnay (2016, $485), Domain Bousquet Grand Reserve Malbec (2015, $560)Trapiche Terroir Series (2011, $1100) Sophenia Synthesis Malbec (2015 , $ 670),
Andeluna Altitud Chardonnay (2016, $395)
DV Catena Vineyard Designated Adrianna Vineyard Malbec ($2015, $1180).

Foto: Gabriel Marchetta

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Joaquín Hidalgo

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros. En twitter es @hidalgovinos

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