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No son las colas de Gente. Tampoco la grieta entre mate dulce y  amargo, ni aire acondicionado sí o no. El verdadero duelo del verano tiene por ring la mesa y en un rincón al clásico Chardonnay, mientras que al otro, el desafiante y renovado Sauvignon Blanc.

¿Qué los enfrenta?
Ambos sirven para una gastronomía veraniega. Empatan con gracia las verduras, los quesos y las picadas. Saben sacarle provecho a unas rabas a la romana con limón y engalanan una mesa con tomates rellenos, una torre de milanesas y hasta un anoréxico sándwich de miga.
Y sin embargo, hay que elegir. ¿Cuál será el candidato para darse gusto en estas tardes y noches de calor y playa? En los tips que van a continuación y en sus vinos recomendados, la clave para seguir haciendo crucigramas sin preocupaciones frente al mar.

Chardonnay.

Si algo distingue a esta variedad del resto de las blancas es el cuerpo y el graso. En otras palabras, que ofrece volumen de boca. Y que en esa textura untuosa que le es característica brilla el filón que encandila a sus amantes. En materia de aromas, asimismo, los hay en dos vertientes. Los que son claramente frutales, que recuerdan a manzana, pera y ananá; y los que ofrecen crianza, donde la crema de choclo, la vainilla y hasta el caramelo acompañan a los primeros aromas.
En cuestión de precio, los Chardonnay puede partir desde unos pocos pesos, digamos 130, hasta la más alta gama en el mercado, Catena Zapata White Bones que trepa a casi 2300 pesos. Los mejores son los que provienen de Tupungato, aunque a ellos hay que sumarle los oceánicos, pocos pero extraordinarios, que destacan por sus alcoholes más bajos (en torno a 12). Ejemplos perfectos, para cada bolsillo y estilo, encontrarás en esta nota

Sauvignon Blanc.

Es la variedad desafiante porque, en los últimos años, se avanzó mucho en la forma de cultivarlo y elaborarlo. Se lo reconoce por su boca delgada y acerada, por su notable frescura –si está bien hecho- y porque luce desleído hasta que se lo huele. Ahí es donde este púgil del vino noquea a cualquier contrincante, y la razón por la que ha ganado fama: su intensa y atractiva aromática que se divide en dos grandes grupos.

Por un lado, los tropicales, que recuerdan a maracuyá y melón. Por otro, los cítricos y vegetales.
Cualquiera sea el caso, una cosa es segura con el Sauvignon: nadie sale ileso de su trato. Están los que lo aborrecen por chispeante, los que adoran su helada sequedad de navaja al hielo, y quienes se dejan seducir por esa suerte de templanza chillona que despeina las muelas cuando finalmente se lo echa a la boca. En materia de precios, nunca son caros.

Los mejores vienen sin dudas de Tupungato y Tunuyán. Y para probar algunos de los mejores Blanc de la góndola, pegale una leída a esta nota.

Y ahora sí, una vez planteado el versus del verano, vos: ¿qué vino vas a elegir para el aperitivo de esta tarde? ¿Nos contás?