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Ocho cosas que hay que saber hacer para parecer un experto en vinos

A la hora de las copas, la corporalidad y los gestos valen más que el conocimiento. ¿Qué hay que saber hacer para parecer un especialista?

Catador

Cuando uno ve a un jinete que sabe cabalgar lo reconoce enseguida: la postura corporal, la manera en que acompasa el trote del animal y apoyándose en los estribos, la ligereza con que lleva las riendas. Con los expertos en vinos,  sommelier o especialistas, pasa lo mismo: se los reconoce en la acción. Para saber cuáles son esos gestos claves a la hora de las copas hay que ensayar algunos trucos y, al cabo, hacerlos bien para lucir como un jinete avezado de vinos.

Cómo tomar la copa. Cuando la copa está servida, el experto en vinos que tiene calle la toma con delicadeza y decisión. Ahí está el truco. En eso, y en que nunca se la aferra del cáliz, no, siempre del tallo o el pie. Y jamás con la mano entera, sino usando la pinza del pulgar, el índice y el dedo corazón. Con finesa.

Hacer girar el vino. Los advenedizos dudan de este movimiento tan simple e incorporado al bebedor como si se tratara de algo inocuo. Pero cuidado: si bien es fácil, requiere cierta destreza conseguirlo. Lo mejor es practicar sobre una superficie, describiendo sutiles movimientos ovalados, de forma que el vino gira solo impulsado por la aceleración de Coriolis. Cuando se domina la rotación, nada más hay que ensayar sin una base. Alcanza media hora de práctica para convertirse en un experto en vinos.

Observar el color. La mayoría de la gente se embucha el trago. El experto en vinos está dispuesto a aplazar el placer por el solo placer de aumentarlo en la expectación. Primero el color: hay que observarlo al inclinar la copa, justo ahí donde el vino se adelgaza sobre el cristal. Para más datos, se llama menisco a esa área. Con decirlo al pasar, quedamos exentos de afirmar el color que, por las dudas, será un violáceo o un rojo rubí.

Oler y reconocer. Sin temor a no encontrar ni reconocer aroma alguno –eso delata al novato– el truco para no pifiar en la etapa de los aromas es zambullir la nariz sin titubeos al centro de la copa. Y mirando un punto fijo en el infinito, aspirar suavemente. ¿Qué oler? Frutas rojas, especias y algo que no podemos identificar bien. Con eso sembramos el justo misterio. Siempre y cuando se trate de un tinto, claro. Para blancos, frutas blancas y de carozo.

Buches con elegancia. Luego, un sorbo alcanza para iniciar el tour bucal del vino: primero por arriba de la lengua, luego por abajo y atrás, sin agitarlo como un lavarropas. El asunto es más pausado. Más disfrutable. Y al cabo, llevando el vino a la punta, junto los labios, llega el momento de practicar el acto más difícil y sublime: el sorbo de aire.

Supremo sorbido. Es importante tener la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo de forma que, al trazar una “u” idílica entre los labios y aspirar un poco de aire una, dos o tres veces, el vino no nos atore llegando a la garganta. Es clave hacer el ruido justo: los demás tienen que notar que se está haciendo, pero no tienen que sentirse molestos sino intrigados. Lo que está sucediendo es la magia social del vino: en la medida en que hay quienes no están iniciados, el que lo está -diríamos el experto en vinos– sube escalones con pequeños detalles de especialista. ¿Para qué se hace esto? Para intensificar los sabores del vino en la boca.

Escupir sin vergüenza. Un experto en vinos no siente vergüenza de escupir el vino. Mucho menos de hacerlo en público y con cierta sosegada escandalosidad. Nuevamente dibujando la “u” en los labios y apretado el vino como un fuelle entre el paladar y la lengua, se lanza limpio y sin aire el vino a una escupidera, zanja o lo que fuera. El resto dirá: ¿No lo bebe? Y uno debe contestar: en la cata no se toma, se juzga. Aunque debamos esperar al segundo sorbo para tragar el vino, el embrujo ya está planteado.

becomeawineexpertLa mirada en el infinito. En ese momento en que el catador tiene a todos intrigados ya con sus gestos, llega el momento del juicio. A fin de cuentas, todo eso no se hizo para pasar desapercibido y la tribuna espera este momento para ver si todo fue verdad o el bebedor irá a la banquina con volantazo vacío de saber. Tranquilo. Hay que observar un poco al infinito, como si proyectaran recuerdos ahí mismo, y luego decir algo no muy consistente, del tipo: es bueno, se nota en los taninos; o bien, me agrada la forma en que llena el paladar; o mejor y más frívolo, lo recordaba así.

¡Extra, extra!
El habla del bebedor. Como todo expertise, el lenguaje del vino es otra parte clave de su embrujo. Hay algunos términos que son como masas finas en una comida: taninos, acidez, cuerpo, aromas (jamás olor), sabor y nunca gusto. Asimismo, mucho más a la moda hoy, es clave hablar de vinos salinos, verticales o lineales, para referirse a aquellos tintos cuya estructura es más fresca y ácida que voluminosa.  Y sino, acá está la explicación a todas tus dudas.

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Joaquín Hidalgo

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros. En twitter es @hidalgovinos

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