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Cuando uno arriba a alguna bodega del Alto Valle del Río Negro, lo primero que le dicen es “gracias por haber venido”. No es mera cortesía. Para llegar a muchas de ellas hay que adentrarse por caminos polvorientos surcados por alamedas interminables, calles rurales angostas, cruzar canales de riego o tranqueras apenas señalizadas. El premio bien vale la pena y todos lo saben: perdidos entre esos recodos, hay viñedos antiguos cuyos vinos modernos hacen agua la boca de los buenos bebedores.

El encanto de recorrer esta región de la Patagonia Norte radica en conocer la vitivinicultura tradicional. A lo largo de los 100 kilómetros que van desde Cipoletti (pegada a la ciudad de Neuquén) a Chichinales, resisten viñedos antiguos de casi un siglo, en algunos casos aún en espaldero y en otros, con las hileras de uvas blancas mezcladas con las de tinta, como se plantaba la vid hace un siglo atrás. Visitar estas bodegas es garantía de encontrar historias de vida, de padres, hijos y nietos o de paisanos y chacareros mayores que trabajan allí desde que nacieron. Recorrer el Alto Valle del Río Negro es darse una vuelta por la historia de la vitivinicultura de la zona, con sus avatares, sus crisis y ahora sus nuevos brillos.

Para tener una idea, hace 40 años atrás la provincia tenía 17.000 hectáreas de viñedos, era la tercera después de Mendoza y San Juan y ahora tiene 1700, cuenta Marcelo Miras, enólogo mendocino, referente de la región y que está desarrollando allí su proyecto propio. Pero nada de nostalgia: Río Negro es una región en donde la historia del vino se escribe en tiempo presente, con algunos productores de uva y bodegas que, aún difíciles de hallar, valen la pena conocer.

¿Por dónde arrancar?

A la hora de recorrer el valle, hay que arrancar por la ciudad Neuquén capital, que está pegada al límite con la provincia d Río Negro. Desde Buenos Aires y otras ciudades del país, llega hasta allí una nutrida oferta de vuelos. Una vez en la capital neuquina, se puede alquilar un auto y se aconseja concertar cita con la gente de las bodegas; muchos tienen trabajos alternativos y, salvo en época de cosecha, no viven en las chacras.

Si el plan es ir a fondo y entrar en las chacras más remotas, es imprescindible un vehículo doble tracción.
El camino por la ruta (desde hace tiempo con planes de ampliación) ofrece el paisaje clásico de los oasis argentinos: a la vera de las acequias y canales, hileras de álamos que cambian de color según las estaciones y una variedad de frutales que impregnan el aire de olor a azahares en primavera y de sidra, en el verano.

Cipoletti y Roca son las dos ciudades de la región y son paradas obligadas. En la primera, además, Bodega La Falda resiste al paso del tiempo. Aunque dejó de producir como en otro tiempo, lo sigue haciendo de manera artesanal para eventos. Actualmente es considerada un museo ya que data de 1910 y puede visitarse.

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Vinos de oro, Fernández


Unos 20 kilómetros más adelante, ya en Fernández Oro, adentrándonos en el pueblo, cruzando la Ruta chica y camino a las bardas, podemos visitar Bodega Del Río Elorza de la familia homónima, quienes adquirieron una finca de 40 hectáreas allá por el 2000. En ese lugar, sobrevivían viñedos plantados en las primeras décadas del siglo pasado.

Tuvieron que esperar al 2004 para iniciar las tareas de recuperación de las antiguas vides (que hoy se usan para sus vinos Reserva) y plantaron 20 hectáreas con clones especialmente seleccionados de Malbec, Pinot Noir, Merlot, Cabernet Franc y Chardonnay, traídos de Mendoza. Su enólogo, Agustín Lombroni, destaca a los vinos de la región como “auténticos” y sus son apreciados por la crítica. En particular Verum Chardonnay.

Otra vez sobre la ruta 22, la ex Bodega Estepa, es el actual reinado de Bodega Miras. Marcelo llegó al Valle en los noventa. Trabajó en muchas bodegas hasta que se lanzó al proyecto propio. Toda la familia se incorporó para hacerse cargo de la bodega y las chacras que fueran de Estepa. Y hoy tiene dos líneas de vinos: uno de crianza y otro joven. Se destacan el Trousseau y su Pinot Salvaje, cofermentado con Sauvignon Blanc, que tiene una buena relación precio calidad y cuyas uvas tintas trae de un viñedo al que compra en Valle Azul, última parada del Alto Valle del Río Negro.



Roca, el General


Siguiendo la ruta hacia el Este, se llega a General Roca, corazón del Alto Valle del Río Negro, donde es visita obligada la centenaria Bodega Humberto Canale. Hay que tomar una ruta de asfalto que va al río, bien señalizada con un tonel en la ruta 22. Pionera en la región patagónica, fue establecida en 1909 y sus vinos Marcus y Humberto Canale Íntimo son caros al carozón del consumidor. Se puede visitar con cita previa y realizan un recorrido por los viñedos, las salas de toneles, las cubas y se conoce el sector de embotellamiento y elaboración. Vale la pena chusmear el pequeño museo de máquinas antiguas, en la vieja báscula de la bodega.

Horacio Bibiloni, enólogo de la casa, suele participar de las visitas guiadas y coincide con otros expertos de la zona en que “en la región, los días son templados y las noches bien frías, por lo que las uvas logran una madurez lenta con excelente acidez natural”.
Canale atesora la mayor cantidad de fincas antiguas con variedades nobles. Se destacan sus vinos de alta gama. Y es una de las poca bodegas en el país que cuenta con plantas de Riesling, una uva de zonas frías que se usó mucho tiempo como corte y que, desde hace unos años, conforma uno de los más requeridos varietales de su línea Old Vineyard.

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Roca para recorrer


La ciudad cabecera del valle ofrece algunas alternativas para que el viaje sea completo. Si lo que se busca es conocer un paisaje diferente, nada mejor que darse una vuelta por el Valle de la luna Rojo y por el amarillo: es un viaje al pasado geológico, donde los suelos forman un curioso efecto lunar. Está a muy pocos kilómetros de la ciudad y es sitio obligado para el trekking y la escalada.

Si quiere conocer otro tipo de emprendimientos se puede acercar al establecimiento de Blanca Laíno, productora de gírgolas. Las vende deshidratadas o procesadas como conservas. En la esquina de la calle Humberto Canale y la ruta 22, un pequeño local alberga a Bomfrut de los hermanos Espinoza que elaboran jugo de manzanas de sus propias plantas y exquisitos bombones de fruta, ideales para llevar de regalo.
Para comer, se recomienda López Bar Bistró, un moderno lugar de comida de vanguardia donde ofrecen, entre otros platos ricos, merluzones traídos de San Antonio Oeste.

También La Pulpería, antiguo almacén con una hermosa vista al Río Negro en Paso Córdova que brinda minutas y picadas. O Sepia, una coqueta chacra en las afueras, hacia Cervantes, que tiene un buen surtido de canillas de cerveza artesanal y de la Patagonia.

A la hora de descansar, el Hotel del Casino Río, sobre la ruta y a unas cuadras del centro de Roca o bien el Hotel Fundación Cultural Patagónica, en San Luis 2080, un sitio donde se enseñan todas las artes, muy concurrido por jóvenes de la ciudad y de todo el Valle. También Alamo Inn, una bonita chacra ubicado en Av. Mendoza, a metros de la ruta 22. En todo caso, una de las gracias de la región es dormir en chacras vecinales y en Airb&b hay buenas ofertas para soñar entre frutales.
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Patagonia agrestis e infinitus

Ya de vuelta en la ruta 22, llegando a la rotonda de Paso Córdova, se encuentra la sede de Bodega Infínitus. Ha sido acreedora de varios premios, elabora muy buenos vinos, y tiene en la cima de su línea top al Infínitus Merlot Gran Reserva. Sus viñedos están en distintos puntos del Valle.

Un poco más adelante puede visitarse Bodega Agrestis, sobre la calle Gobernador Castello a dos kilómetros de la ruta provincial. Se destaca por los espumantes, producidos con el método champenoise, con uvas propias de plantas traídas de Francia e implantadas en la última década. Además, cuentan con una parcela con Gewürztraminer que da un espumante exótico y rico. En su chacra ofrecen cenas temáticas y degustaciones.
Camino al Valle Azul.


Más al este en el Alto Valle del Río Negro, entre Cervantes y Mainque, hay que salir de la ruta y entrar unos kilómetros por camino de tierra hacia el Norte, para llegar a Bodega Aniello, propiedad de Santiago Bernasconi, wine marker. Ya hace unos años que junto a sus socios decidieron comprar una primera finca muy más cerca del río.

En una segunda etapa, adquirieron esta otra finca, con una vieja bodega de la zona que perteneció a la Familia Podlesch (famoso en otro tiempo por su champán Bubyland), construida en 1927 y con una hectárea de antiguo viñedo de 1932 y otras cuatro en los años cuarenta. Cuentan con parcelas con Trousseau y se destacan sus Pinot. El blanco de Pinot es una de las estrellas del lugar, “es un concepto que trajimos de Estados Unidos”, cuenta el enólogo Federico Moreira.

Muy cerca, siguiendo el camino de tierra, adentrándose y bien pegadas a las bardas nortes, vecinas una de otra, se encuentran dos bodegas emblema de la vanguardia europea de los últimos años. Primero, Bodega Chacra, elaboradora de excelentes Pinot Noir. Creada de la mano de Piero Incisa della Rocchetta quien, tentado por un Pinot Noir que le había hecho degustar en Nueva York el enólogo Hans Vinding-Diers, compró unos viñedos plantados en 1932 y 1955 y otros de 1990 y se dispuso a hacer los mejores de la región. El mercado internacional asegura que Piero logró su cometido.

Pegada a ella, apenas con un alambrado de por medio, está Bodega Noemía, el paraíso del enólogo danés Hans Vinding-Diers, quien fuera asesor de Canale y desde que llegó persiguió el sueño de quedarse a producir vinos. Cuenta con una gran chacra en Valle Azul, a donde se llega por un camino de tierra desde Chichinales. Ambos viñedos se trabajan sin ningún producto químico y “con preparados biodinámicos que se hacen y se aplican en distintos momento del año”, destaca Guido Malacalza, enólogo. Para llegar aconsejan evitar los días de lluvia o posteriores.

Ya casi al final del recorrido, es posible visitar la Bodega Favretto que actualmente está a cargo del nieto del fundador, Gustavo Favretto. Conocida en toda la región por sus vinos de damajuana, ofrece actualmente tres variedades de vinos de alta gama que han traído nuevos aires a la tradicional bodega.

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La joven guardia.


Tienen sus fincas muy pegadas a la barda norte. Jorge Sgrablich es un joven contador pero desde siempre tuvo idea de continuar las tareas que había iniciado su abuelo. Con viñedos que datan de principios del siglo pasado se empeña en continuar. Sus vinos han obtenido medallas en concursos internacionales y aunque su producción es pequeña el empuje es grande.

Los Tellos Najul trabajan la finca que su padre supo adquirir en los años setenta. En Cervantes, más allá del Canal grande sobre las mismas bardas, transitando por un camino de tierra, con cuises corriendo y lechuzas observando el camino, se llega a los pagos de Viñedos San Sebastián, que ofrecen sobre todo en locales y vinotecas del Valle dignos Pinot y Trosseau.

También en la barda, pero a la altura de Guerrico, Andrea Bagliani trabaja en la que fuera la chacra de su abuelo Robeda. Con gran esfuerzo, esta joven de 32 años arrancó cuando tenía 18 a producir los vinos propios para que no se vendiera la chacra. Desde entonces, se posiciona como referente con sus vinos reserva y su Rosado de Malbec que lleva el nombre de su abuela.
Andrea Albertano