Posted on

Medallas, puntajes y estrellas: llega la hora de la valoración

Cada vez más concursos y catadores estrellas ponen a girar la rueda del prestigio del vino. Sin embargo, ahora los consumidores tiene la palabra final. ¿A quién creerle?

puntajes-medallas-y-valoraciones

Hubo un tiempo en que los catadores fueron estrellas de un negocio. Por ejemplo, durante los años noventa, si el norteamericano Robert Parker Jr. destacaba un vino con 93 o 94 puntos, su valoración equivalía a ascender al Olimpo de las ventas: los distribuidores de Connecticut y Ohio pugnaban por conseguirlo y sumarlo a sus carteras, mientras que los sommeliers de Houston, Denver y Las Vegas luchaban por conseguir una cuota para sus cartas de ese vino considerado por el crítico entre lo mejor.

Fue un tiempo en el que los puntajes reinaban. Pero más que los puntajes, los catadores y su prestigio. Antes de ese tiempo, sin embargo, hubo otro en que los concursos mandaban en el negocio. Era la década de 1980 y, que un vino obtuviera medalla de oro en Vinalies –Francia– o el International Wine Challenge –Reino Unido–, producía un efecto similar al puntaje sobre el trade: la medalla se sumaba a los brochures de venta, se explicaba que el vino había ganado tal o cual prix y eso bastaba para que el ojo avizor de los importadores, distribuidores y vendedores de los viejos mercados europeos (de Amberes a Londres y de Hamburgo a Copenhague) buscaran la etiqueta tocada por el oro para ofrecerla a sus clientes.

De esos dos mundos, sin embargo, ninguno logra prevalecer con fuerza en la década de 2000. O, para ser más amplios, en medio de un desplazamiento de los ejes del negocio del vino, comunicar la valoración de una etiqueta requiere hoy otras herramientas en donde esos dos mundos conviven. Solo que ahora, también, hay un nuevo y viejo jugador en la cancha: el consumidor.

Puntaje y Medalla
Es interesante el fenómeno si se lo observa con buena distancia. Técnicamente, lo que sucede hoy es lo que algunos politólogos definen como falta de hegemonía. Es decir: ni los catadores estrellas tienen todo el prestigio que supieron tener, porque hay muchos y todos juegan en la misma cancha con herramientas idénticas, lo que licúa el efecto; ni los concursos de vino retuvieron su posición destacada, por un fenómeno similar de acumulación de interesantes concursos menores. De modo que hoy un vino obtiene tantos puntajes y medallas que no se sabe bien cuál es el que vale.

De esos dos mundos, sin embargo, el más parecido a la realidad es el de los concursos bien establecidos. En ellos, un grupo de catadores elige a ciegas lo que se les ofrece como lo mejor y luego, establecido un ranking por puntajes múltiples, les otorga una medalla de oro a los vinos que se cuelan entre los máximos puntajes. Este hecho explicaría, al menos en parte, el efecto renovado de las medallas sobre la comunicación del vino, que ahora volvieron a las etiquetas en forma de cocardas.

Entre los catadores solitarios, sin embargo, que puntúan de forma personal los vinos, también existe cierto acuerdo ligeramente inflacionario: todos aquellas etiquetas que estén por arriba de los 95 –y no son muchos vinos– serán la gloria, mientras que hay una marea de vinos de noventa y pocos, muy buenos. El chiste es que la tendencia es alcista, a fin de destacar también el trabajo del catador: el norteamericano James Suckling lleva algunos cien puntos en su haber, un efecto que se observa también en otros catadores cansados (quizás) de la tan ansiada y nunca hallada perfección.

Lo que cuenta en ambos casos, sin embargo, es que una etiqueta fue elegida entre muchas por un puñado de expertos que conoce tanto del tema. Pero ahora le toca el turno al bebedor real.

La hora del consumidor
Con herramientas de puntuación sencillas –estrellas en el caso de Google y Amazon–, sumado a la cantidad de votantes en cada etiqueta, las tecnologías web suponen hoy una redefinición del viejo dilema de los puntajes versus las medallas. Y si bien no acaban con ellos, redefinen su uso.

Mientras que un alto puntaje o una medalla son el puntapié inicial para el recorrido de un vino hacia el éxito, el consumidor hoy puede cruzar de verdad y decir/votar que no le pareció o que sí le pareció gran cosa. No sólo en las plataformas mencionadas, también en sitios especializados, como Vivino, Delectable y (claro que sí) Vinómanos. El chiste ahora es que el consumidor valora. Y no es una novedad estrictamente del vino: en AirB&B se valora si el departamento alquilada para las vacaciones cumplía las expectativas; en TripAdvisor, si el baño y la cama estaban a la altura de las circunstancias y el precio; o en Booking, calificar el servicio del hotel o los tragos del bar.

El asunto ahora es que la rueda del prestigio en el vino no gira solo porque los expertos la hacen girar. Rueda, en rigor, porque los consumidores la sostienen o la desbancan. Por eso, en esta era de la valoración instantánea, un puntaje o una medalla son claves para poner en marcha la máquina, pero a ellas se suma la valoración del consumidor.

Medallas, puntajes y estrellas: llega la hora de la valoración
4.53 (90.59%) 17 votos
En esta nota:
Posted on