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Siete cosas que hay que saber decir para impresionar al hablar de vinos

El arte de parecer especialista tiene sus trucos. Si querés saber cuáles son para practicarlos o bien para detectarlos en otros, pegale una leída a esta nota.

aprender de vinos

Cuando las cosas se dicen con familiaridad, en algún punto se demuestra conocimiento íntimo. Es el típico name dropping que se practica en sociedad: si se habla de nombre de fulano sin su apellido, es una relación cercana, tanto para quien lo dice como para quien lo escucha. Y así llama la gente presume para darse aires frente a quien no sabe de quién se está hablando. Con el vino pasa lo mismo. Los que están en su mundo hablan con destreza sobre algunas cosas. De hecho, un estudio recientemente publicado en Frontiers in Neurocience asegura que la habilidad de recordar detalles hace que los master sommelier tengan una parte del cerebro más engrosada. Por eso, cuando un tipo como Jon Arvid Rosengren –el actual mejor sommelir del mundo– ametralla descriptores al oler un vino, todos quedamos impresionados. Esa es una habilidad. Y como toda habilidad, se practica para adquirirla. Quienes busquen engrosar en cambio su vanidad, pueden probar con alguno de estos trucos.

Colores especializados. Los vinos tienen muchos matices pero pocos grupos de colores. Los tintos son rojos o rojo violáceos; los blancos (contradicción mediante) verdes o amarillos. El secreto para apuntarse un poroto en la materia es hablar del “matiz” y de “menisco”, esa parte ínfima en donde se ve el color del vino si se inclina la copa. El gesto es el de un inspector sobre las huellas de un sospechoso, que un instante después revela “el matiz se percibe en el menisco”: rojo, rojo violáceo, verde, verde amarillento o amarillo verdoso.

Aromas de entendimiento. Al oler una copa de vino es importante mirar fijo un punto para connotar concentración. Mejor si anudamos el gesto a las cejas. Luego, sin repetir y sin dudar, hay que lanzarse a la pileta de los descriptores. Para tintos, conviene decir frutas rojas y las infalibles son las que el resto no conoce bien: cassis, guindas, granadas. Connotan al mismo tiempo conocimiento profundo del tema y nadie podrá poner el duda el yeite. En blancos, lo mejor es hilar fino con frutas tropicales para algún Sauvignon blanc, mango o fruta de la pasión; manzanas o peras para Chardonnay, aclarando para la tribuna que son en lata o confitadas. El efecto de sorpresa será inmediato.

Agrandar para agrandarse. Cualquiera que huela un vino por primera vez dice que el vino huele a vino. Y ahí hay un asunto clave: porque eso lo sabemos todos. Para engrandecerse uno hay que ponderar al vino, hay que meter términos tácticos como “complejo”, “sutil”, “aromas en diversas capas o fases” para que el efecto de anzuelo sea perfecto. Luego, practicar el aroma dropping sin escrúpulo alguno.

Soplar para adentro. El título es poco sugerente, pero en la boca de una catador, hiperventilar el vino sorbiendo aire por entre los labios cerrados como en un beso, es gesto de entendido. El truco está en hacer el ruido justo: que los demás noten la rareza del gesto, pero que el sonido no opaque la conversación de otros. Repetirlo dos o tres veces es saludable. Al final, hacer un poco de sarasa sobre los sabores, apelando también sin escrúpulo al flavor dropping: “una pizca de”, un “trazo que recuerda a”, “un sutil sabor de”.

El asunto del cuerpo. Cualquiera sabe que el vino con cuerpo es el que ofrece más volumen al paladar. Por eso, el buen presumidor, debe cuidarse mucho de decirlo. Es mejor dejar ese dato para la tribuna y concentrarse en el resto de las sensaciones. Por ejemplo, la frescura, la textura o el modo en que el vino se desplaza, si es amplio y lento o bien rápido y delgado. Ahí está el dato. De paso, nadie podrá decir lo contrario, a menos que se trata de un entendido posta.

El balance. Nadie que beba vino regularmente usa el concepto de balance, sencillamente porque es de nerd. Pero ahí está la clave. Así es que si un vino no es dulce, no es salado, tampoco amargo o ácido, diremos que tiene buen balance. Y que el resto pregunte. Ahí vendrá la oportunidad de repetir estas palabras. O bien callar y que el resto sienta la falta.

Muchas caudalías. Del latín “cauda”, cola –diría un Mariano Grondona, acompañando el gesto con las manos– refiere al final del vino. Hablar de ellas en lugar de decir final o cierre es de especialista. Así es que conviene tener en cuenta que las caudalías son el tiempo que dura el sabor del vino en la boca. Decir largo no es de experto. El sabihondo, dirá: “vino de muchas caudalías”.

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Joaquín Hidalgo

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros. En twitter es @hidalgovinos

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