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¿Qué etiquetas probar para empezar a beber vino?

¿Sentís curiosidad pero no sabés por dónde empezar en el mundo del vino? En esta nota, una sencilla hoja de ruta y sus recomendados para llegar a amar al vino.

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Diarios, revistas y radios hablan de vinos con displicencia porque, como el teatro o la gastronomía, el vino es un estímulo para pasarla bien. Y mientras que entre los entendidos se discute sesudamente si es mejor tal o cuál Malbec o si es el Cabernet Franc la próxima variedad del país, una mayoría de consumidores ajenos a este runrún se preguntan: ¿qué tiene de atractivo el vino? ¿Por qué todo el mundo habla del tema? ¿Cómo empiezo a beber si ni siquiera sé qué etiqueta comprar?

Como en casi todo en la vida, con el vino se empieza por una punta para llegar a la otra. Y antes de meterse en conversaciones apasionadas acerca de tal o cuál terruño o sobre la realidad del Franc, lo mejor es relajarse y empezar de cero. Y para eso, hoy proponemos un camino para cada paladar.

“Mi primer vino fue horrible”. Lo común es que cuando se deja la adolescencia, en un asado de amigos, el tinto hace su primera aparición protagónica en la vida de las personas. Nunca se trata de un vino excepcional y sin embargo algunos se quedan con el vino para siempre. Para otros, esa experiencia es traumática porque el vino supone sabores raros y, aferrados a un pésimo recuerdo, abandonan antes de empezar. El truco está en intentar de nuevo con un vino suave. Un tinto que resulte un mimo para el paladar y que borre con amabilidad el funesto recuerdo de aquella experiencia iniciática. Así funcionan, por ejemplo, un Pinot Noir como Zorzal Terroir Único (2013, $145) o Salentein Reserva (2013, $190). Más accesible, en todo caso, Malma Finca La Papay (2015, $105)  .

“No, gracias. Bebo gaseosas”. Eso está perfecto. Pero no se puede vivir a sabores artificiales el resto de la vida. Hay que hacer crecer el paladar, para no haber pasado por este mundo con la sensación sintética como único norte. Entonces, el camino para convertir a un bebedor de gaseosas en uno de vino, está claro: hay que probar un blanco o tinto dulce natural. Así el azúcar genera un puente de empatía, pero a la vez introduce nuevos sabores. Ejemplos perfectos serían Norton Cosecha Tardía Rosé ($110), Callia Esperado (2015, $80) o Imago Red Blend (2015, $100), tres tintos en orden decreciente de dulzura, que lo acercarán al universo de los vinos secos.

“No entiendo nada de las etiquetas”. Es verdad, para comprar vinos hay que tener un mínimo conocimiento. Sobre todo de marcas y de nomenclaturas varietales. Lo que hay que saber es poco, igual: la cosecha es del año que se elaboró (más joven, más frutado e intenso el vino), mientras que las categorías reserva y gran reserva describen productos importantes, con largas crianzas en barrica de roble, lo que garantiza al menos la presencia del sabor de la madera y de cierta corpulencia de la bebida. Son más caros, también. Por lo demás, las variedades son una guía de recordación más que de etilo. Así es que conviene no hacer foco en ellas al comienzo y sí concentrarse en la marca que nos suenen. Un primer paso posible es probar Finca La Linda Old Vine Malbec (2013, $175) o Saint Felicien Malbec (2013, $250).

“El tinto me raspa”. En ese caso, hay que probar con blancos. Además del sabor, la principal diferencia entre blancos y tintos es que los primeros no son astringentes y por lo tanto no raspan el paladar o la garganta. En ese caso, lo mejor es tentar el gusto con un Chardonnay con madera, que son siempre untuosos y suaves. Buenos ejemplos, serían: Saurus (2015, $96), Killka (2014, $115), Fin del Mundo Reserva (2015, $230).

“El vino es snob”. Es una verdad a medias. Pasa que lo más vistoso del vino son los que se pavonean con él, pero la realidad está muy lejos de ser así. El vino, como la cerveza o el fernet, están bien acunados en el corazón de los consumidores argentinos. Pero de los tres, es el que más argumentos y sofisticación propone. De ahí que resulte tentador acercarse a él y al mismo tiempo parezca lejano y difícil. En cualquier caso, hay marcas que están muy lejos de ser snob y que ofrecen ricos vinos. Por ejemplo: Argento Bonarda (2014, $100), Aguijón de Abeja Cabernet Sauvignon (2014, $130), o Anko Malbec (2013, $200), vinos poco conocidos y que no son snob.

“El vino es caro”. Es discutible, claro. Pero para beber rico no hace falta gastar mucho dinero. La prueba está en que si bien se habla mucho de etiquetas caras, en nuestro mercado se consumen las accesibles. Y si además se compara con lo que cuesta una cerveza premium, el vino está al alcance del bolsillo. Para comprobarlo, conviene fichar Tracia Malbec (2015, $60), Novecento Syrah (2015, $68) o Viento Sur Malbec (2014, $75). Con el plus de que acompañan más comidas y ofrecen una paleta gustativa más amplia que la cerveza.

“Yo bebo solo tragos con fruta”. Existe un consumidor así, que prefiere un margarita o un destornillador a una buena copa de vino. Está bien. No hay objeción al respecto. Pero lo que le gusta de esos tragos bien etílicos es la combinación de frutas y alcohol. Algo que el vino ofrece de forma natural. Sin embargo, a la hora de las combinaciones también tiene las puertas abiertas: un Aperol Spritz ($145) -espumante seco, Aperol y una rodaja de naranja- o bien un espumante semi dulce -como Deseado ($150) o Norton Cosecha Tardía ($115)- con unas rodajas de pepino u hojas de albahaca y hielo, dan el tono perfecto para tener el glamour de un trago, con una bebida más sana y menos etílica.

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Joaquín Hidalgo

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros. En twitter es @hidalgovinos

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