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¿Necistás una escapada? Agendá: 96 horas de lujo en Salta

El tirón de fin de año es mortal. Si estás corto de pilas, date un respiro. Prendé el GPS y salí de viaje a los Valles Calchaquíes.

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De las rutas del vino argentinas la de los Valles Calchaquíes es la más extrema: por sus quebradas montañosas, sus cardones humanoides en las laderas, sus cambiantes escenarios. Sino, pensá: ¿qué otra ruta del vino en el mundo ofrece, en el lapso de tres horas, pasar desde una selva tupida y con monos a un desierto luminoso en donde nacen vinos únicos?
Pero claro, Salta no está precisamente cerca. Y para más datos, Cafayate, el epicentro del vino Calchaquí, tampoco está pegado a Salta capital. Nada de eso debiera resultar un impedimento para, en cuatro días, hacer la vuelta más completa que puedas imaginar por los valles y regresar a tu casa, con una caja de tus nuevos vinos favoritos. Así es que tomá nota y ajústate el cinturón antes de despegar.

Desde el aeropuerto
Lo más sensato si no tenés mucho tiempo es alquilar un auto y salir a la ruta. Y para hacerlo, lo más razonable también es reservarlo desde tu casa por la web (AVIS, $2815) y llegar al aeropuerto con el auto listo para salir. Tené en cuenta una cosa: el GPS del celular no es muy útil porque te vas a quedar sin señal en muchos lugares. Mejor es llevar uno posta (o alquilarlo junto con el auto), cargarle este mapa y pegarlo al parabrisas.

El camino más lindo, el que todos te van a recomendar, es el de la Quebrada de las Conchas. Pero como llegaste en el vuelo de Aerolíneas de las 9 de la mañana, lo mejor es mandarse derecho a los valles por la Quebrada del Obispo. La razón es simple: se nubla a primera hora de la tarde y si la hacés de vuelta no vas a disfrutar de la vista formidable ni mucho menos verás cóndores. Así es que doblá a la izquierda a la salida del aeropuerto, por la ruta 51, y seguí hasta la circunvalación para tomar en breve la ruta 68.
El camino es rural urbano y verás algunas iglesias –las primeras de muchas que verás, como la de Cerrillos- y casas bajas, de material y de adobe, salpicadas entre campos de tabaco. Cuando llegues a 20 de Febrero comprá lo que precises y ponele agua al mate: hasta dentro de un rato no volverás a cruzar nada parecido a un pueblo.
Acá tenés que desviarte por la ruta provincial 33 rumbo a los cerros y nada más déjate llevar por el camino. Entrarás en la quebrada del río Escoipe y ahí sí penetrás en la selva hasta encarar la Cuesta del Obispo. La vas a ver primero como un serpenteo del camino en una ladera y, una vez adentro, te darás cuenta que son unos caracoles a cuyo final se te desplegará un abra de altura. Estarás en Piedra del Molino a 3348 metros sobre el nivel del mar. Sentí el aire delgado. Prestale atención a las nubes que se forman ya en la parte baja de la quebrada: de esas zafaste. A tu espalda, nace el Parque Nacional Cardón: hasta donde te alcanza la vista el camino se interna en una planicie de coirones –esos pastos como mechones amarillos- y miles de cactus con formas caprichosas. Seguí rumbo oeste. Al final del recorrido te espera Cachi y la primera parada en materia de vinos.

De Cachi a Molinos
Si hay un pueblo hermoso y blanco al sol de los valles ese es Cachi. Más conocido por sus pimientos que por sus vinos –en Cachi Adentro se produce muy buen pimentón- hay algunos viñedos acá y allá del que salen vinos fuertes. Sin embargo, es el lugar indicado para hacer noche y aclimatarse. ¿Lugares? La vieja Hostería de Cachi ($1155), la hostería con viñedos Miraluna ($1720) o bien Hostería Villa Cardón ($1200), platos fuertes de la región.
A la mañana siguiente tomá la mítica ruta 40 rumbo al sur, en dirección a Molinos. Son 48 kilómetros quebrada abajo, en los que la ruta saltea caseríos y se entrevera con viejos viñedos, cultivos de pimientos e iglesias antiquísimas. Molinos es un pueblo vistoso ubicado junto al río Calchaquí. Y es la puerta de entrada Estancia El Fundador y Bodega Colomé.
Hay que desviarse al oeste unos cuantos kilómetros, siguiendo una camino tan sinuoso como atractivo. Y así se llega a la bodega y los viñedos, únicos en su especie en argentina, y al museo James Turrell, único en su especie en el mundo, dedicado a la luz. Dato: todo el rodeo te tomará un día entero y es clave hacer reserva porque el museo recibe visitas reducidas. Así es que planificalo bien, para a la vuelta dormir en Molinos. Por ejemplo, en la elegante y colonial Hacienda Molinos ($970).

De Molinos a Cafayate
Si hay una postal de los Valles Calchaquíes es la que corresponde a la Quebrada de Las Flechas, entre Molinos y Cafayate: una zona alucinante en la que la ruta 40 se adentra en unas caprichosas formaciones blancas que semejan puntas de flecha lanzadas al cielo. Cubre unos cuántos kilómetros que terminan en un puente sobre el Río Calchaquí. Ahí conviene detener el auto y dejarse arrobar por el paisaje amplio y colorido del valle. No falta mucho para Cafayate, aunque todavía tenés una buena hora en la que verás austeros poblados, cabritos deambulando a la vera de la ruta, cementerios en los que hay unas pocas familias y como siempre, iglesias, muchas iglesias.
El truco es que, al llegar desde el norte a Cafayate, se tiene una impresión engañosa de esta parte del valle. A la derecha tendrás el varios cerros monocordes, aunque, al fondo y al pie de ellos, verás también unos viñedos y sus casas. Eso es Yacochuya. Un santuario del vino al que sólo se accede con invitación, si vas a la bodega homónima, o bien Domingo Molina cuya visita ya podés llevar concertada y desde donde se domina toda la vista del valle. Y mejor aún, Piattelli Vineyards, con una dislocada arquitectura Santa Fe y un muy buen restaurante. Si esta es tu opción, doblás a la derecha justo antes de llegar al pueblo.
Si no concertaste invitación, no te preocupes. Ahí nomás está El Esteco, bien preparada para  el visitante. Recomendación: es importante subir al campanario aunque de un poco de vértigo, porque es el punto más alto sobre los viñedos de la zona. Y la panorámica es perfecta y en 360º. Pero El Esteco no es la única parada, sino la primera. Porque ahí nomás está Cafayate, el pueblo, del que varias bodegas están a unos pocos pasos. Y lo mejor es alojarse ahí para pasar la tercera y última noche en los valles. Dos lugares destacan especialmente: Patios de Cafayate para una noche en un hotel de campo, despojado y lujoso a su manera ($2200); o bien Viñas de Cafayate ($1800), igualmente metido entre viñas. Hay más opciones, desde ya, y por otro precios.

Cafayate, qué hacer
Si seguiste este itinerario al pie de la letra, habrás llegado justo a la hora del almuerzo. En ese caso, lo mejor es estacionar en torno a la plaza del pueblo y respirarlo dando una vuelta en torno. Verás algunos cafés y restaurantes. Hay uno con unos curiosos arcos que se llama La Carreta de Don Olegario. Ahí vas a darte un gusto criollo. También podés apuntar al Comedor Criollo o El Rancho, también en el área. Y observar el movimiento cansino de los parroquianos.
Dejá la siesta para después. Tenés que elegir entre estas bodegas para visitar: El Porvenir de Cafayate, muy coqueta; Nanni, más campechana y con vinos orgánicos; Finca Las Nubes, mítica por su ubicación y por las empanadas (se puede almorzar allí, claro, hay que reservar). Son tres versiones boutique a su manera del vino Calchaquí.
Para bodegas más grandes, está a tiro de piedra Finca Quara, cuyo edificio y viñedos son la combinación perfecta de la zona. O apenas más lejos, en Tolombón, la fundacional bodega Etchart. Y más al sur, todavía, a unos pocos kilómetros, está el refugio de bodega Tukma con su coqueto hotel boutique, Alta la Luna.
En eso se te irá la tarde. En eso y en ver las nubes que se arman y esfuman sobre el este, en la cumbre de los cerros. Ellas son las responsables de que, al otro lado, haya una selva tupida y aquí nomás, el desierto luminoso y penetrante. Así se irán las horas y la noche fresca del Valle, en donde se duerme como en ningún otro lugar.

De vuelta a Salta
La cuarta mañana indica el momento de la partida. Salí temprano y tomate el camino con tiempo. Si sólo querés llegar a Salta capital tenés una tres hora de ruta alucinante. Si, en cambio, querés alucinar por el camino, detenete en las formaciones que se anuncian a la vera de la ruta 68: el Sapo, el Anfiteatro, la Garganta del Diablo. Se trata de vivir con asombro e imaginación los caprichos de la naturaleza.
El camino irá enloqueciendo a su manera hasta llegar a una localidad llamada Alemanía. Ahí murió hace muchos años la vía del ferrocarril y hasta ahí llevaban a lomo de burro y en carreta los vinos de otro tiempo. Tenelo en mente. Porque recién en este punto final del recorrido caerás en la cuenta que todo lo que viste allá arriba fue titánico en el tiempo y merece un brindis a conciencia. Ahora nada más te queda seguir la ruta hasta el aeropuerto, para tomar el vuelo de las 20:55.

Joaquín Hidalgo

Una versión de esta nota fue publicada en Playboy, agosto de 2015.

 

¿Necistás una escapada? Agendá: 96 horas de lujo en Salta
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Joaquín Hidalgo

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros. En twitter es @hidalgovinos

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