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¿Por qué nos gusta tanto el vino?

Las preguntas simples son las más difíciles de responder. En este breve texto repasamos algunas de las explicaciones más complejas a una cuestión tan sencilla como el gusto por el vino.

Por que gusta tanto el vino

De las preguntas que una persona se puede hacer, las que más nos gustan son las ingenuas. En esas en apariencia tontas preguntas siempre se esconden los caminos más curiosos. Y entre las preguntas ingenuas que alguna vez nos hicimos como cronistas de vinos, esta resulta la más difícil de responder: ¿por qué nos gusta tanto el vino?

Uno podría verse tentado de recurrir a la embriaguez como principal atractivo. Pero en tiempos en que cualquier paraíso artificial es más elocuente que una copa de vino –y por paraísos artificiales podemos entender una calada de porro o una blíster de rivotril– la vía de la evasión mística que endiosaron los antiguos no resulta del todo convincente para explicar el atractivo del vino.

Otro camino habría que buscarlo en el sabor, pero resulta inverosímil afirmar que un nutrido combo de alcohol, ácido tartárico, málico y taninos puedan resultar seductores al paladar. La experiencia es evidente: si se bebe una infusión de alcohol, resulta amarga y dulce; si se prueban los ácidos sin el resto, la cosa se pone agria; y si nos echamos una cucharita de taninos en la boca, lo más probable es que resoplemos como una máquina de vapor que pide agua cuando la sustancia abrase –literalmente– nuestra lengua. Y todo, incluso, si es en las cantidades exactas del vino.

Podríamos argumentar, en cambio, que el vino nos gusta porque tiene una dimensión social. Sobran ejemplos. Una cita amorosa con una botella es un plan, sin ella (la botella) es otro. Un asado de amigos tiene el combustible justo en una cuantiosa cuota de tinto, mientras que con agua mineral es insostenible. Ni qué hablar de una reunión de negocios en la que hay que enfilar voluntades. Ninguna de esas situaciones son iguales sin vino. Y sin embargo, pueden llevarse adelante sin él. Incluso con relativo éxito.

Está el estatus. El siempre atractivo gusto de la vanidad bien nutrida. Que el vino llena de elogios y palabras y sofistica, como una pátina lustrosa en una estatuilla, el ego de cualquier persona. En eso, es igual que el dinero. Y sin embargo es distinto: porque el dinero no hace la diferencia entre bebedores que admiran y quieren al vino, por más rockefelerscente que pueda resultar una botella cara.

Algunos poetas lo intentaron. Intelectos como el de Omar Khayyam (Nisapur 1048-1131) hallaron en el vino un camino para decir cosas más grandes, al nombrar sus pocas cualidades: el color ámbar, el frutado perfume del tinto, la sensación plena de estar vivo al beber. Y sin embargo, tanto él como Charles Boudelaire, como el compositor E. T. A. Hoffmann, como Bernard Pivot, Luis Pasteur o Luis Borges y tantos otros que se lanzaron a la aventura de atrapar el vino en conceptos y medidas, terminaron rendidos ante una verdad redonda como ciertos tintos: por más que lo intentaran, como en todo conocimiento, el del vino es tan esquivo como inabarcable.

Pueden ser los átomos o el universo, lo mínimo y lo máximo. No importa el enfoque ni la escala: la cuestión acerca de por qué nos gusta el vino permanece cerrada como una buena botella. Basta abrirla para entrar en el mundo de las conjeturas y dejarse llevar en andas de las copas hacia verdades íntimas e irrefutables como las que cierra, igual que el martillo del juez, un buen chasquido de lengua.

Joaquín Hidalgo

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Joaquín Hidalgo

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros. En twitter es @hidalgovinos

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