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Que el vino se toma a temperatura ambiente es muy relativo. En un día de 40º o en uno de 0º centígrados, está claro que el vino no resiste el mismo plan. Y sin embargo, es difícil que el consumidor tenga claro los rangos para cada vino. En esta nota te pasamos una serie de parámetros claros así podés sacarle más provecho a tus botellas.

Lo que hay que saber
La regla general es que todos los vinos se pueden y deben enfriar. No hay ninguna restricción al respecto. El punto está en conseguir la temperatura más razonable para cada estilo. Y para no andar con un termómetro obsesionado con el tema, conviene seguir este modelo simple para cada caso.

Tintos: se beben entre 16 y 18ºC, una temperatura que, en una heladera estándar, se consigue con media hora de enfriamiento. Para acelerarlo, conviene envolverlo en un repasador mojado. Sino, en una frapera con agua, y media docena de hielos se consigue un efecto similar. Excepción hecha del Pinot Noir, que aclaramos más adelante.

Blancos: si no son reservas, es mejor beberlos fríos, cercanos a los 7ºC u 8ºC; una temperatura que se alcanza con una hora de heladera, o bien con una frapera con abundante hielo, agua y una pizca de sal. Si se trata de un reserva, lo ideal es 10 a 12ºC, así el cuerpo y el volumen del vino pueden expandirse. En ese caso, 45 minutos de heladera bastan, o bien una frapera con agua y una docena de hielos.

Rosados y espumantes: se beben igual que los blancos ligeros, a 7ºC.

La excepción que confirma la regla: el Pinot Noir conviene beberlo más frío que un tinto estándar, hacia los 13 o 14ºC. Ahí es cuando su ligereza se manifiesta como corresponde y gana profundidad de sabor y frescura.