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Pararse frente a la góndola de vinos sin un plan concreto es un embole: cómo dar entre los cientos de etiquetas con la que uno necesita, quiere o desea descubrir. A los dos minutos de darle vueltas al asunto aparecen los primeros bostezos –generalmente anticipados por una pregunta del tipo ¿llevo Malbec o Cabernet?- mientras que a los cinco minutos reloj los párpados se caen como persianas de hierro, justo en el momento en que se lee por trigécima vez una contra etiqueta que dice “frutado, con taninos suaves, hecho con pasión”. En ese caso, lo razonable es dar media vuelta y que otro se haga cargo del tema. Pero si no hay escapatoria ni plan B y hay que hacerse con un vino a como dé lugar –para una cena, reunión, almuerzo, regalo o un simple antojo- en esta guía de compras proponemos diez trucos sencillos como para no torrar en el intento.
1) ¿Por dónde empiezo?
Conviene saber que a la góndola del vino uno no se acerca con la misma ingenuidad con que llega a la del dulce de leche. Con el vino hace falta tener un plan y conocer algo si no se quiere zozobrar. Es sencillo. Si estamos comprando vinos para todos los días hay que buscar entre el 1º y 2º estante de la góndola empezando desde abajo. Ahí abundan las marcas cotidianas que en general no fallan en el rango de 25 a 35 pesos. Puede ser que uno sea mejor compra que otro, pero no hay clavos en los tintos de gamas comerciales. Si en cambio se trata de una comida o un regalo, hay que seguir buscando hacia arriba de la góndola.
2) Malbec, esa es la cuestión
Como está de moda el Malbec el primer impulso es comprar este varietal aunque hoy nadie sabe bien qué gusto tiene. Tiempo atrás uno decía ciruelas y taninos suaves y no la pifiaba. Pero desde que el Malbec es un boom for export, con unas 30 mil hectáreas cultivadas, y cunde en todas las gamas de precio y regiones de Argentina, elegir uno por el solo hecho de la variedad es tan poco previsible como tomar la guía telefónica y llamar a un Pérez creyendo que es el que uno busca. Los hay especiados y frutales, de taninos duros y blandos, maderosos y con y sin cuerpo, entre muchas variables. Por eso es más previsible hoy un Cabernet Sauvignon –del que uno espera cierto aroma frutal y especiado, con un paladar de taninos vigentes y largo final sostenido- e incluso un Syrah, que es por temperamento más cambiante y de paladar austero.
3) Blend no es tutti frutti (pero paga)
Los argentinos tenemos una idea errónea respecto a los blends o assemblages de uvas: nos parece que fueran como esos jugos multifrutas hechos con descartes y vamos ciegos a los varietales. Error. Porque los vinos que combinan uvas forman un ejemplar más completo a las partes que lo componen. Así, un bivarietal accesible es más vino que un varietal, sin dudas. Y conviene entonces dejar Malbec, Merlot y Cabernet para los vinos que pueden hacer alarde de entereza individual, digamos de los 40 pesos en adelante.
4) Para un asado
Dijimos que hacía falta tener un plan para el elegir el vino. Y para la mayoría de los argentinos nativos o por adopción un plan es hacer un asado. Así de simple y contundente es la pasión carnívora nacional. Pero prender el fuego para dos personas es una pérdida de tiempo. El número de inicio es cuatro y la cifra mágica del asado arranca en los ocho comensales. Ahí es cuando se puede pensar en chinchulines, mollejitas crocantes, costillas arqueadas, matambre adobado con limón, orégano y pimienta y todas las fantasías carniceras que pueblan nuestra idiosincrasia. Entonces, un vinos asadero tiene que cumplir dos condiciones: una, emparejar el bolsillo de todos evitando que salte la banca colectiva; y dos, ser frutales y tener un breve aporte de crianza para barrer con la carne. Así se deduce que un blend de 40 a 50 pesos es la mejor opción, o bien un varietal que anuncie Roble en la etiqueta. Y, de paso, si alguno de los convidados lo “sodea” en plan de aplacar la sed, no habrá discusiones al respecto.
5) Para una reunión de amigos
Cuando se trata de juntarse con amigos el vino es una de las mejores opciones para llevar. Pero es menester afinar la puntería. Si el meeting es mixto, lo ideal es evitar un vino potente, de taninos vivos –como los tintos jóvenes de zonas frías o alturas exageradas-, porque será difícil que le guste a la mayoría. Una opción es elegir un Pinot Noir, que siempre agrega una pátina de sofisticación cosmopolita (es suave y todo el mundo tendrá algo para decir, a favor y en contra, claro) a la vez que suele caerle muy bien a ellas y tiene un maridaje amplio. Otra, llevar un espumoso Extra Brut de la gama de 70 pesos para el aperitivo o para after dinner y evitar cualquier conflicto de intereses. Eso sí, la segunda opción requiere cierta coordinación previa para evitar una mesa íntegramente regada por espumantes.
6) Para regalar a tus suegros
La vida es rica en dilemas como este. Porque a ciertos suegros uno les convidaría con querosén o vinagre, mientras que a otros no alcanza una bodega para saldar las deudas. La manera que creemos más sensata de zanjar esta situación es indagar los gustos de la parentela legal y cumplirles el sueño como un Julián Weich del alcahuetismo. O bien –y nosotros nos inclinamos por esta idea- buscar una marca poco conocida que sepamos fehacientemente que es un rico vino (la prensa especializada lo pondera, por ejemplo) y esperar que lo prueben: si les gustó, ahí nomás se afirma que uno eligió el vino; si la cosa pintase fulera, siempre se puede decir que nos engrupió el vinotequero. Queda sin embargo una tercer opción para congraciarse con los suegros: comprar una etiqueta cara de una bodega de primera línea y que juzguen ellos.
7) Para el sushi, ¿qué?
Con los pescados hay una que no falla y es beber vinos blancos. La buena noticia es que cada vez hay mejores ejemplares en el mercado. Especialmente Sauvignon Blanc y Chardonnay. ¿Pero cuáles? En el primer caso hay que saber que los económicos y de gama media son los más completos: es decir que no hace falta pagar un dineral para tener una buen Sauvignon que, dicho sea de paso, si no son muy tropicales maridan perfecto con sashimis y rolls california. En el segundo caso, los Chardonnay, el secreto es evitar la madera a toda costa. El Chard es ya una variedad de paladar amplio y untuoso por naturaleza. Valle de Uco, San Rafael y Patagonia son terruños clave en esta elección. Pero ojo: un buen rosado de Malbec, refrescado en frappera con hielo, también es una candidato perfecto.
8) El precio no lo es todo
Acá llegamos a un tema peliagudo. Porque el vino le enseñó a sus consumidores que si invierten unos pesos más consiguen mejores vinos. Una ecuación efectiva hace diez o quince años, cuando de lo que se trataba era de construir un nuevo estilo de vinos –con barrica y uvas maduras- y el consumidor descubría que el dinero tenía un correlato gustativo. Hoy esa ecuación está menos clara. Y si lo que se quiere es obtener el máximo beneficio por cada peso pagado, hay que saber que en el vino no hay variables de costos que incidan en el precio por arriba de los 100 pesos hoy. Y hasta ahí se verifica la ecuación. Claro que más caro no necesariamente significa más rico o que necesariamente nos guste más. Significa que habrá tintos con mayor cuerpo, madera más o menos evidente y por sobre todas las cosas, mayor sustancia. Y las botellas de 200 pesos ¿qué llevan dentro? Vinos exclusivos. Y la escasez cuesta plata, mi amigo.
9) 2012, el año que más se repite
Si se le presta atención a la góndola actual, ganan por mayoría abrumadora los vinos 2012 y le siguen luego los 2013 y 2011. Esto es: vinos elaborados con uvas cosechadas en esos años. Y es así porque en nuestro mercado se beben tintos y blancos jóvenes: con abundante fruta como principal descriptor –no importa si es roja, blanca o negra-,  bocas entre impetuosas y carnosas especialmente en tintos, y sobre todo, expresión intensa. Pero si lo que se busca en cambio es que sean sedosos, amalgamados y con sabores indescriptibles de tan complejos, hay que apuntar de 2009 en blancos e ir para atrás en tintos. Ya que el tiempo y la guarda sosiegan al vino. ¿Dónde se consiguen? En vinotecas bien especializadas o en algún super chino en donde se ponen bien a la vista para que se vendan rápido.
10) ¿Sirve leer la descripción de la contra etiqueta?
Si nos apuran, diremos que no. Que la mayoría de las etiquetas sostienen el mismo relato: que el vino está hecho con la pasión del bodeguero,  con el esfuerzo de una planta sufridora, y que además por su aroma intenso y su textura aterciopelada está recetado para las carnes rojas. Pero si lo pensamos un poco más, quizás convenga leer. Hay casas que le ponen tanto empeño al tema, que ya desde las palabras de la contra etiqueta se distinguen y eso es un plus a contemplar. Ahora bien, la única gran vedad sobre vinos que podemos sostener es que hasta que la botella no se descorchó, todo lo que la rodea, incluso estas palabras, son meras conjeturas.
Y vos ¿Cómo elegís tus vinos?

Joaquín Hidalgo

Joaquín Hidalgo
Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros. En twitter es @hidalgovinos